jueves, 1 de agosto de 2013
LA TURISTA
Un rayo de dolor me obligó a soltar al DOCTOR NO justo cuando la
catira caía en la trampa. La historieta salió disparada contra la
pared mientras yo enfrentaba a un "villano" de la vida real. Mi
hermano aún reía a carcajadas cuando el pote de talco
le pegó en la frente. Y es que, a pesar de ser la "zurrapa" de la
familia, yo jamás
rehuía enfrentar a quien viniera a buscarme pelea. Pero -a mis siete
años y pico- no era suicida, así que evalué mis posibilidades de
escapatoria... Y !ZAS! corrí por el pasillo convertida en un largo grito:
!!MAMAAAAAÄ!!
En el camino crucé velozmente a mi padre. Acostumbrado a los
desordenes de su extensa prole, me respondió sin levantar la cabeza:
"tu mamá está en la tienda de pieles". Entonces entré al ascensor y
marqué planta baja, decidida a encontrarla. Todos me saludaban
cariñosamente mientras yo me dirigía a la salida como una ráfaga. Ya
en la calle, miré hacia ambos lados de la acera, pero sin tener claro
donde ir. Y recordé... !Estábamos en otro país!
El viaje había comenzado tres días antes, cuando mis juegos bajo la
mata de mango fueron interrumpidos y creció la vorágine en la sala,
llena de maletas y exclamaciones. Entonces vino el baño, el cambio de
ropa y el aeropuerto. Inolvidable la emoción de mi madre, que parecía
más joven a fuerza de mostrar esa dentadura perfecta, que era su
máximo orgullo. Y llegó el avión y el dramamine.. y yo soñolienta;
frotándome los ojos en un sitio extraño y mamá poniéndome un sueter y
repitiendo "!Estamos en Lima!
Ya en el Savoy, nos dieron la suite más grande, en el último piso.
Éramos sólo nueve hermanos, pues los mayores no pudieron venir con
nosotros. Pero incluso esa enorme habitación lucía insuficiente para
las camas y los muchachos revoltosos, que saltaban sobre ellas.
Temiendo que me cayeran encima, yo me arrinconaba con las comiquitas
que habían comprado los varones. Fue así como descubrí al DOCTOR NO,
cuyo atractivo era que siempre ganaban los malos. Mirando los globitos
y dibujos, practicaba mi lectura "de corrido"... !hasta que ese
templón de pelo acabó con mi paz!
Entonces la idea de quedarme con mi padre y los grandes se me hizo tan
insoportable que sólo pensé en buscar a mi mamá. Aquella frase"está en una
tienda de pieles" me pareció tan fácil como visitar a la vecinita del
frente de casa, en Maracaibo. Así de simple. En la víspera yo la
había acompañado a un local, muy cerca del hotel, atestado de
impresionantes alfombras de llama y alpaca Supuse que bastaría con
unos pocos pasos y la alcanzaría. Lejos estaba de imaginar como se
multiplican esas tiendas en las aceras limeñas.
Una vez en la calle, entré en los negocios más próximos. Nadie me
prestaba atención, ocupados en atender a los gringos, que llegaban en
racimos. Y así fui de uno en otro, esperando oír el inconfundible
acento de mi madre. Serían las cuatro de la tarde cuando inicié mi
búsqueda.
Iba distraída contemplando vidrieras. Sentía confianza en mí misma,
pues en Maracaibo me permitían caminar las pocas cuadras que nos
separaban de la panadería. Así que mi paseo me pareció de lo más
entretenido, aunque el intenso tráfico me intimidaba un poco. De
cuando en cuando volteaba la cabeza, pensando que sólo había caminado
algunos metros.
Pero cuando empezó a oscurecer en la Lima colonial, también se hizo
sombra en mi interior. De pronto no me sentía tan segura de saber
donde estaba parada y menos aún de poder encontrar a mamá. Así que
decidí regresar, suponiendo que bastaría con "desandar" mi recorrido. Estaba
muy equivocada.
A medida que retrocedía, creyendo que no me había alejado mucho,
descubría con horror que todo se veía igual de uniforme y sombrío, como
si hubiese recorrido el mismo pavimento mil veces. De arriba para
abajo y de abajo para arriba. Y donde quiera que mi vista se clavara,
había tapices tejidos y pieles, que parecían reírse de mi
desconcierto.
De pronto quedé petrificada y fría. No me atrevía a dar un paso más,
en ninguna dirección. Por fin comprendí que estaba sola, en medio de
una ciudad anochecida... !Una ciudad que no era la mía! Fue entonces
cuando comencé a mirar a la gente.
Solo veía espectros, pues este sector -de calles empedradas y faroles
coloniales- era un viaje al siglo XIX. Para colmo había empezado a
"pringar" y era la lluviecita que no moja pero empapa. Me sentía tan
menuda y frágil en medio de esas siluetas que pasaban apuradas, casi
golpeando y cuyas caras no lograba distinguir.
Del temor había pasado al pánico, pues en mi desatada imaginación este
era el escenario ideal para encontrar a la horripilante Llorona o al
desalmado DOCTOR NO. Mi corazón completamente desbocado, recordando
los finales espantosos que aguardan a los niños desobedientes.
Convencida de que nada podría lograr si no pedía ayuda, me quedé
parada intentando escudriñar rostros en aquellos seres anónimos.
Trataba de adivinar un gesto amable que me hiciera sentir a salvo.
Para una criatura de sol como yo, el frío y la lluvía hacían mas
dramático el momento. Vi pasar a las parejas, apretujadas y
cuchicheando. Cabizbajo y esquivo el caminar de hombres solitarios.
Sin embargo, a pesar de mi decisión, no lograba articular una sola
palabra. Algo me impedía dirigirme a quienes circulaban a mi
alrededor. Yo, que era una "lorita" que hablaba en todos
lados...!estaba muda! Fue en ese instante que un pensamiento luminoso,
casi una orden, casi una inspiracion, me llegó: "espera a una
viejita".
Y !ZAS!.. Creáse o no -como por arte de magia- en medio de esa
multitud que me lucía hostil, apareció ELLA! Sé que jurar es malo...
Pero juro que mis atribulados ojos vieron acercarse a esa dulce
abuelita, caminando apoyada en su bastón.
Respiré aliviada. Sabía que ahora si tendría voz para hablar con
alguien. Con aparente calma me dirigí a la doñita:
-Buenas noches, señora. Soy una turista y quisiera llegar al Hotel Savoy...
-Bebeeee! !Te perdisteeeee!!
Me miraba con genuino asombro. Eso disparó todo mi miedo reprimido..
Yo reaccioné aterrada, negando lo que era obvio:
-!Nooo, noooo, nooo señoraaa! No estoy perdida. Solo dígame donde
queda el hotel....
Mi voz era temblorosa, casi un ruego.
-Bebeee, estas perdidaaaa.. !Como pudiste alejarte taaaantoooo! Eres
muy chiquitaaa!!
Puso su mano sobre mi hombro, y me miró muy preocupada..
Inmediatamente me derrumbé. Y empecé a balbucear;
-!Mi mamaaaa... Mi mamaaaa!
Finalmente gruesos lagrimones rodaron libremente, mientras ella me
apretaba contra su abrigo.
-No te angusties, bebe. Te voy a llevar de regreso a tu hotel, con tu
familia. Solo acompañame a entregar este paquete en la Iglesia. Ven,
dame tu mano.
Confiada y cansada, me entregue por completo a mi salvadora, pensando
que Dios me había enviado un angel envuelto en una ancianita.
Durante el trayecto conversamos mucho, pues ella quería saber sobre
Venezuela y mi madre. Y yo sin callar ni un minuto, ya que había
recuperado mi locuacidad habitual.
Pronto llegamos a una inmensa plaza, llena de luz y donde se
destacaba, gigantesca, una construcción que se me antojo antiquísima.
"Esa es la Catedral de Santa Rosa de Lima. Vamos a dejar esto'. Y me
enseñó una bolsita.
Fuimos a una entrada lateral y mi protectora saludó con entusiasmo a
los presentes, a quienes les contó sobre "las aventuras de esta
venezolanita" en Perú.
Y yo feliz de ser la protagonista de la anécdota, que interesaba a
esta gente tan cariñosa. Ya hasta se me había olvidado el susto
anterior. Al poco rato nos despedimos de las monjitas, sacerdotes y
sus amigos "debo llevarla al Savoy !Sus padres deben estar
enloquecidos!"
Y en efecto, a unos metros del hotel, pudimos ver como el portero
corrió apenas me reconoció. Enseguida vi a papá, agotado y pálido,
saliendo a nuestro encuentro. Su mirada saltaba de la señora, a quien
dudo que haya escuchado, pero a quien sonreía y agradecía
efusivamente, para enterrarse en mi, atravesándome con una severidad
que no recordaba haber visto antes... Ni después. Si Rafaela hubiese
estado allí, habría dicho que "tenía los ojos puyuos".
Las cuatro horas que duró mi desaparición habían provocado no solo
angustia familiar, sino un gran revuelo entre el personal del Savoy,
que me había buscado en cada rincón del lugar y sitios aledaños.
Al caer la noche, se disponían a llamar la policía. Sólo que, a Dios
gracias, esa hermosa señora apareció milagrosamente conmigo, sana y
salva. Todo esto me lo contaba mi padre mientras yo sentía su mano
apretando mi brazo como una garra. Me llevaba tan sujeta que casi no
me podía mover y hasta marcas me quedaron.
Lentamente él fue recuperando su semblante natural, aflojando la
presión de sus dedos sobre mí. Salimos a la calle, con rumbo
desconocido, pero bruscamente se detuvo. Suavemente comenzó a decirme:
"promete que no le vas a decir lo que pasó. No hace falta que se
entere..."
Finalmente entramos a un local, a solo cinco cuadras del hotel.. Pero
en sentido contrario al camino que yo había seguido esa tarde. Allí
estaba mi madre, comprando los regalos que llevaríamos a Maracaibo.
Nos vió entrar y sonrió muy contenta, mientras ella y yo nos mirabamos
largamente, sin decir ni una palabra.
Patricia Rincón
lunes, 27 de mayo de 2013
LA "BARBI"
!Oooh..! Sólo eso salió de mi boca cuando cruzó sus piernas como
yo veía hacer a mis hermanas. "Como sólo se sienta una señorita",
diría mi madrina. Era una catira entaconada, imposible de olvidar.
Entonces mire mi propio pecho y me pareció insignificante ese regalo
que me dio mi mamá. Con casi cinco años, sentí que me recorría el
gusanito perverso de la envidia.
- !Prestámela!
Pero la mirada saltona de Graciela se agrandó aún más:
-!NOOOOOOO!
Y bastó un manotazo suyo para que aquella mujer de fantasía quedara
fuera de mi alcance. Un cornetazo la hizo empezar a correr, pero se
volteó para relampaguear triunfante: "Me la trajo mi papá. Es-una-Bar-bi..."
Llegué de pésimo humor a casa. La muñequita pecosa,encerrada en el
medallón que me obsequiaron, carecía de todo interés para mi. Confieso
que ningún Bebé Querido despertaba mi instinto maternal. Mi pony y los
dinosaurios me aburrían y ni siquiera Carlota, del mismo tamaño que
yo, podía competir con esa silueta estilizada, "tan igualita" a mis
veneradas aeromozas. La Barbi se convirtió en mi obsesión a partir de
ese instante, pero nadie entendía mi urgencia:
"¿¿Otro jugueteeee??? !!Te acabo de comprar lo que pediste!! !!Que
muchacha tan neciaaaaa!!
Mi madre estallaba en el colmo de la indignación. Defendía su estricto
presupuesto familiar de estos ojos ansiosos, del mismo color de los
suyos. De mi padre no podía esperar mayor solidaridad. Estaba por
encima de "esos detalles" y se los dejaba a ella. De cuando en cuando
papá sí nos sorprendía con minúsculos paracaidistas, que sólo podían
lanzarse una vez. Lo suyo era traernos grandes panes dulces, que al
cortarse derramaban jalea de guayaba. Eran mi delirio por las tardes,
sentada frente al televisor y viendo El Zorro, mientras besaba los
empalagosos trazos rojos en mi plato.
Finalmente fue una de mis hermanas, repostera improvisada, quien se
compadeció y decidió donarme las ganancias obtenidas por sus
tortas caseras. Pero lo mantuvo en secreto mientras yo debía sufrir a
Graciela, jugando con su muñeca sin dejarme tocarla. Sin embargo,
una semana después un paquete me esperaba encima de la cama. Y una
gran sonrisa también.
No era mi cumpleaños ni Navidad, pero allí estaba esa caja adornada, a
la que mecí con emoción. Y rasgué el papel hasta encontrar esa
figura envidiable, con sus tacones y un tul rosado de ensueño... !ERA
ELLA!...Con esos mechones de dorado infinito...!Era mi primera
Barbi!
Fue un antes y un después en mi corta vida. Mi identificación con Barbi era total. Mi ideal femenino: hermosa, moderna, exitosa. Así quería crecer yo... !Y tenía novio y todo!..El próximo paso era comprarle su Ken, para tener a la pareja del bronceado perfecto. Pronto me daría cuenta de que las apariencias sí engañan.
Por esos tiempos era yo una pequeña metiche, interviniendo sin cesar
en las conversaciones, lo que provocaba risas a las
visitas y ponía en guardia a mi mamá, muy apegada a aquello de "cuando
los grandes hablan, los chiquitos se callan". Así fue como me enteré
que a las mujeres que se afeitaban les salían "cañones" y entonces no
podía sacar la vista de las piernas de mis hermanas, buscando -en versión
diminuta- esas piezas de artilleria que yo conocía por las películas.
La otra cosa que me intrigaba era lo que ellas llamaban "la regla",
pero cuando preguntaba que era eso, me decían que me faltaba edad para
saber. Sin embargo, aún sin comprender todo lo que oía, me apasionaba
sentarme a conversar con las adolescentes que venían a vernos. A
ellas les mostré muy orgullosa mi nueva muñeca, que "!Miraaa...!".
Doblaba sus rodillas y sus largas extremidades provocaban admiración.
Entonces querían saber si Barbi era mi preferida y yo decía "Ufff" y
abría los brazos como si fuera a abrazar al mundo.
Si las visitantes eran muy jóvenes, mi madre me eximía de una
presentación formal. Pero cuando venían los mayores... !ZAS! Ella no
podía contenerse y buscaba a "la zurrapa". Y no sólo me bañaban otra
vez, sino que me ponían los zapatos Pepito y me peinaban lindo, con
lacitos. Lo peor era que me pedía que bailara "Zorba, el griego", su disco
favorito. Aunque en ocasiones cambiaba la música y mis hermanas me
acompañaban con el "pata-pata", que cantaba una negrita.
Mi fastidio era enorme cuando yo estaba jugando con mi Barbi y me
interrumpían, pues nosotras
teníamos una vida mas emocionante que la de mi mamá. Las dos erámos
solteras y no teníamos "una muchachera" que cuidar, ni cara de
cansadas. Así
que crecía fijándome en ella, sin preocuparnos por la limpieza, por la
cocina, por el dinero
ni por pedir
permiso a mi papá. Mi madre era bonita, pero nunca tenía plata ni se
pintaba los ojos. Y yo quería ser como Barbi, siempre joven, bella,
maquillada. Y
trabajar como "Chica del Show de Renny" o ser aeromoza
en Viasa. No me gustaba ser una "señora".. y quedarme encerrada. Tampoco quería
muchachitos peleones y ansiaba poder salir a cualquier hora, aunque
estuviera lloviendo.
Al novio Ken lo conseguí poquito después. Me lo pasó una primita, que
me dijo que
lo tenía "repetio". Lamentablemente, el pobre había sufrido un
accidente doméstico. Y para que la cabeza se mantuviera en su lugar,
debieron vendarsela con tirro, por lo que parecía un eterno
convaleciente. Gracias a mi empeño, antes del año tenía otras dos
Barbis nuevas, conformando así mi cuarteto de gente glamorosa,que me
hacian sentir como "una grande".
Con mis muñecos iba por
los patios, escondiéndolos entre las matas, recreando así sus aventuras
en la selva. Conforme pasaba el tiempo, las historias se iban
complicando, pues yo
era cada vez más exigente a la hora de jugar. Ya con seis años, sentía
que la niñita había quedado atrás y que mis
Barbis reflejaban esa "madurez" en la que tanto creía. Uno de mis
problemas era que tenía tres mujeres y un solo varón, así que
matrimonios y divorcios se sucedían con velocidad pasmosa.
Como ellas eran artistas, para sus presentaciones les había armado un
escenario de ánime y pana roja, con destellos verdosos, salidos de los
guirindajos navideños que tomé de una caja. Allí se desarrollaba la
agitada vida nocturna de estas rubias despampanantes, en las que yo
proyectaba todos mis sueños faranduleros
Pero comprar los accesorios originales de mis protegidas era
impensable sin la generosa colaboración de mis parientes. Así que, a
falta de patrocinantes, me las ingeniaba para inventarles trajes
"de gala" con el papel aluminio que sacaba de la cocina. Y
reciclaba perolitos de las piñatas para crear sombreros imposibles.
Todo mi esfuerzo para mantenerlas a la moda, mientras mis hermanas se
burlaban, llamándolas "cabareteras". Y como yo no sabía que era eso, no
les hacía caso.
Finalmente, entrando ya Diciembre, pedí ayuda a mi madrina para
redactar la carta a San Nicolás. Ella, con toda seriedad, fue
escribiendo de corrido y yo, lenta y cuidadosamente, puse mi nombre.
Entonces, hoja en mano, me fui a buscar a mi mamá, quien era la
encargada de la correspondencia. Como siempre,ella estaba ocupada y
tuve que esperar unos minutos para captar su atención.
Cuando por fin se dió vuelta, se inclinó y acarició distraida mi
cabeza, mientras leía con curiosidad. Aún me parece verla susurrando
línea por línea, cada vez con más asombro: "una piscina de Barbi, el
carro de Barbi, la ropa de Barbi, la casa de Barbi...¨ Y fue justo
allí cuando alzó la voz y pronunció la primera grosería que le escuché:
"!CARAJOOO! ESTA TIPA VIVE MEJOR QUE YO..."
Patricia Rincón
!Oooh..! Sólo eso salió de mi boca cuando cruzó sus piernas como
yo veía hacer a mis hermanas. "Como sólo se sienta una señorita",
diría mi madrina. Era una catira entaconada, imposible de olvidar.
Entonces mire mi propio pecho y me pareció insignificante ese regalo
que me dio mi mamá. Con casi cinco años, sentí que me recorría el
gusanito perverso de la envidia.
- !Prestámela!
Pero la mirada saltona de Graciela se agrandó aún más:
-!NOOOOOOO!
Y bastó un manotazo suyo para que aquella mujer de fantasía quedara
fuera de mi alcance. Un cornetazo la hizo empezar a correr, pero se
volteó para relampaguear triunfante: "Me la trajo mi papá. Es-una-Bar-bi..."
Llegué de pésimo humor a casa. La muñequita pecosa,encerrada en el
medallón que me obsequiaron, carecía de todo interés para mi. Confieso
que ningún Bebé Querido despertaba mi instinto maternal. Mi pony y los
dinosaurios me aburrían y ni siquiera Carlota, del mismo tamaño que
yo, podía competir con esa silueta estilizada, "tan igualita" a mis
veneradas aeromozas. La Barbi se convirtió en mi obsesión a partir de
ese instante, pero nadie entendía mi urgencia:
"¿¿Otro jugueteeee??? !!Te acabo de comprar lo que pediste!! !!Que
muchacha tan neciaaaaa!!
Mi madre estallaba en el colmo de la indignación. Defendía su estricto
presupuesto familiar de estos ojos ansiosos, del mismo color de los
suyos. De mi padre no podía esperar mayor solidaridad. Estaba por
encima de "esos detalles" y se los dejaba a ella. De cuando en cuando
papá sí nos sorprendía con minúsculos paracaidistas, que sólo podían
lanzarse una vez. Lo suyo era traernos grandes panes dulces, que al
cortarse derramaban jalea de guayaba. Eran mi delirio por las tardes,
sentada frente al televisor y viendo El Zorro, mientras besaba los
empalagosos trazos rojos en mi plato.
Finalmente fue una de mis hermanas, repostera improvisada, quien se
compadeció y decidió donarme las ganancias obtenidas por sus
tortas caseras. Pero lo mantuvo en secreto mientras yo debía sufrir a
Graciela, jugando con su muñeca sin dejarme tocarla. Sin embargo,
una semana después un paquete me esperaba encima de la cama. Y una
gran sonrisa también.
No era mi cumpleaños ni Navidad, pero allí estaba esa caja adornada, a
la que mecí con emoción. Y rasgué el papel hasta encontrar esa
figura envidiable, con sus tacones y un tul rosado de ensueño... !ERA
ELLA!...Con esos mechones de dorado infinito...!Era mi primera
Barbi!
Fue un antes y un después en mi corta vida. Mi identificación con Barbi era total. Mi ideal femenino: hermosa, moderna, exitosa. Así quería crecer yo... !Y tenía novio y todo!..El próximo paso era comprarle su Ken, para tener a la pareja del bronceado perfecto. Pronto me daría cuenta de que las apariencias sí engañan.
Por esos tiempos era yo una pequeña metiche, interviniendo sin cesar
en las conversaciones, lo que provocaba risas a las
visitas y ponía en guardia a mi mamá, muy apegada a aquello de "cuando
los grandes hablan, los chiquitos se callan". Así fue como me enteré
que a las mujeres que se afeitaban les salían "cañones" y entonces no
podía sacar la vista de las piernas de mis hermanas, buscando -en versión
diminuta- esas piezas de artilleria que yo conocía por las películas.
La otra cosa que me intrigaba era lo que ellas llamaban "la regla",
pero cuando preguntaba que era eso, me decían que me faltaba edad para
saber. Sin embargo, aún sin comprender todo lo que oía, me apasionaba
sentarme a conversar con las adolescentes que venían a vernos. A
ellas les mostré muy orgullosa mi nueva muñeca, que "!Miraaa...!".
Doblaba sus rodillas y sus largas extremidades provocaban admiración.
Entonces querían saber si Barbi era mi preferida y yo decía "Ufff" y
abría los brazos como si fuera a abrazar al mundo.
Si las visitantes eran muy jóvenes, mi madre me eximía de una
presentación formal. Pero cuando venían los mayores... !ZAS! Ella no
podía contenerse y buscaba a "la zurrapa". Y no sólo me bañaban otra
vez, sino que me ponían los zapatos Pepito y me peinaban lindo, con
lacitos. Lo peor era que me pedía que bailara "Zorba, el griego", su disco
favorito. Aunque en ocasiones cambiaba la música y mis hermanas me
acompañaban con el "pata-pata", que cantaba una negrita.
Mi fastidio era enorme cuando yo estaba jugando con mi Barbi y me
interrumpían, pues nosotras
teníamos una vida mas emocionante que la de mi mamá. Las dos erámos
solteras y no teníamos "una muchachera" que cuidar, ni cara de
cansadas. Así
que crecía fijándome en ella, sin preocuparnos por la limpieza, por la
cocina, por el dinero
ni por pedir
permiso a mi papá. Mi madre era bonita, pero nunca tenía plata ni se
pintaba los ojos. Y yo quería ser como Barbi, siempre joven, bella,
maquillada. Y
trabajar como "Chica del Show de Renny" o ser aeromoza
en Viasa. No me gustaba ser una "señora".. y quedarme encerrada. Tampoco quería
muchachitos peleones y ansiaba poder salir a cualquier hora, aunque
estuviera lloviendo.
Al novio Ken lo conseguí poquito después. Me lo pasó una primita, que
me dijo que
lo tenía "repetio". Lamentablemente, el pobre había sufrido un
accidente doméstico. Y para que la cabeza se mantuviera en su lugar,
debieron vendarsela con tirro, por lo que parecía un eterno
convaleciente. Gracias a mi empeño, antes del año tenía otras dos
Barbis nuevas, conformando así mi cuarteto de gente glamorosa,que me
hacian sentir como "una grande".
Con mis muñecos iba por
los patios, escondiéndolos entre las matas, recreando así sus aventuras
en la selva. Conforme pasaba el tiempo, las historias se iban
complicando, pues yo
era cada vez más exigente a la hora de jugar. Ya con seis años, sentía
que la niñita había quedado atrás y que mis
Barbis reflejaban esa "madurez" en la que tanto creía. Uno de mis
problemas era que tenía tres mujeres y un solo varón, así que
matrimonios y divorcios se sucedían con velocidad pasmosa.
Como ellas eran artistas, para sus presentaciones les había armado un
escenario de ánime y pana roja, con destellos verdosos, salidos de los
guirindajos navideños que tomé de una caja. Allí se desarrollaba la
agitada vida nocturna de estas rubias despampanantes, en las que yo
proyectaba todos mis sueños faranduleros
Pero comprar los accesorios originales de mis protegidas era
impensable sin la generosa colaboración de mis parientes. Así que, a
falta de patrocinantes, me las ingeniaba para inventarles trajes
"de gala" con el papel aluminio que sacaba de la cocina. Y
reciclaba perolitos de las piñatas para crear sombreros imposibles.
Todo mi esfuerzo para mantenerlas a la moda, mientras mis hermanas se
burlaban, llamándolas "cabareteras". Y como yo no sabía que era eso, no
les hacía caso.
Finalmente, entrando ya Diciembre, pedí ayuda a mi madrina para
redactar la carta a San Nicolás. Ella, con toda seriedad, fue
escribiendo de corrido y yo, lenta y cuidadosamente, puse mi nombre.
Entonces, hoja en mano, me fui a buscar a mi mamá, quien era la
encargada de la correspondencia. Como siempre,ella estaba ocupada y
tuve que esperar unos minutos para captar su atención.
Cuando por fin se dió vuelta, se inclinó y acarició distraida mi
cabeza, mientras leía con curiosidad. Aún me parece verla susurrando
línea por línea, cada vez con más asombro: "una piscina de Barbi, el
carro de Barbi, la ropa de Barbi, la casa de Barbi...¨ Y fue justo
allí cuando alzó la voz y pronunció la primera grosería que le escuché:
"!CARAJOOO! ESTA TIPA VIVE MEJOR QUE YO..."
Patricia Rincón
lunes, 11 de marzo de 2013
EL DRAMAMINE
De mi infancia de zurrapa en Maracaibo acaricio con afecto gente,
animales y rincones. Pero también guardo un cariño especial por uno
de los grandes aciertos de mi papá: una pastilla milagrosa llamada
Dramamine.
Y es que, con mis 5 años, mi metro y un poquito de estatura, no podía
pasear media hora en un carro sin que el mundo me diera vueltas. Pero
la peor parte la vivía en los aviones, donde- juraría- había entonces
un aire enrarecido, que golpeaba mi nariz apenas entraba a la cabina
de pasajeros. Y entonces todo comenzaba a "bailar" frente a mi... que
veía con aprehensión esa bolsita odiosa que nadie quiere verse
obligado a usar. El malestar sólo terminaba al aterrizar, con mi
madre sacando una camisita y luchando para descubrir mi pecho,
mientras yo, en el colmo del pudor, me tapaba con ambas manos,
horrorizada al pensar que algún
extraño me vería semidesnuda. Fue entonces cuando llegó el Dramamine a
mi vida.. !y todo cambió!
A partir de ahí mi papá, al llegar al aeropuerto y calculando la salida
del vuelo, me daba un vasito con agua y !ZAS! la blanca pildorita
rodaba por mi garganta y un dulce adormecimiento me permitía abordar
la nave casi levitando.
Sólo cuando el avión se retrasaba, lamentaba yo ser una zombie
voluntaria, ya que terminaba tirada sobre las maletas y mamá se negaba
a darme más Dramamine. Eran momentos terribles, donde recuperaba la
conciencia justo cuando sentía que me "empacaban al vacío" y quedaba
indefensa en la temida cabina aérea.
Sin embargo, un acontecimiento inolvidable demostró que mi pastillita
podía salvarme de algo más que del mareo. Fue durante mi único viaje a
México, destino para el que salimos puntualmente, mientras mi Nirvana
personal estaba funcionando a la perfección. Más que dormida, iba muy
relajada cuando comencé a notar cambios en mis compañeros de vuelo. Mi
madre miraba fijamente a traves de la ventanilla izquierda, mientras
sostenía un rosario que parecía petrificado en sus manos. Los hombres de
la familia estaban enmudecidos, con la expresión de seriedad que mi
papá siempre exigía para las peores circunstancias.
Pero yo, aún frotándome lo ojos, observaba con curiosidad a las
aeromozas. Aquí les cuento que ellas eran mi ejemplo a seguir. Adoraba
el glamour de sus uniformes y ya le había anunciado a mi mamá que
"cuando sea grande...". Ella, con la severidad de quien todo lo sabe,
me cortó en seco el deseo: "Esas mujeres no duermen en su casa". Así
se pretendió -infructuosamente- hacerme desistir de mi lista de
"quiero ser",donde ya había apuntado "busca-dinosaurios" y "Chica del
Show de Renny". No me importó esa temprana censura materna. Igual
seguiría cavando al lado de las rosas- imaginando fósiles- y soñando con las capas y
sombreros de las señoritas de Viasa.
Pero las azafatas del vuelo a México no lucían nada glamorosas,
caminando nerviosas por los pasillos, tratando de calmar a pasajeros
que se levantaban inquietos de sus asientos. Fue en ese instante que
mi hermana, seis años mayor que yo, me susurro al oído: "el avión se
echó a perder".
Ese "se echó a perder" no me produjo ningún temor. Fuera por la
combinación de mis cinco años con el Dramamine, sólo pensé que habría
que mandarlo arreglar.. Igual que un televisor o la plancha. Y no sólo
me mantuve lejana al pánico general, sino que cierto contento se
apoderó de mí. Cuando los aviones "se echan a perder", salen en los
periódicos y noticieros. Y de pronto me vi famosa, rodeada de cámaras
y periodistas. Mi hermana me miró y dijo: "!estás loca!"
Pero ella era una criatura extraña, a la que le gustaban más los juegos de mesa que las muñecas, así que difícilmente comprendería mi secreta ilusión por esos minutos de atención mediática que esperaba recibir.
A pesar de ser tan joven, era quizá la única que expresaba su total confianza en un final feliz, donde cientos de flashes se dispararían para recoger nuestra odisea aeronáutica.
Claro que nadie, aparte de "la rara" de mi hermana, se dio cuenta.
Mas allá, en las filas de atrás, unas señoras lloraban, mientras mi mama se persignaba. Fue entonces cuando nos enteramos de que "iban a vaciar el tanque" y que intentaríamos llegar a un sitio llamado Panamá. De pronto todo quedo en silencio.
Finalmente aterrizamos sin nada peor que el susto. Se abrieron las puertas de emergencia y nos deslizamos por unos toboganes plásticos que se me antojaron inmensos. Era de madrugada y la pista estaba llena de una espuma blanca, salpicada de bomberos con sus camiones. Ni una cámara registro el instante histórico de nuestra hazaña. Nadie lo reseñó para las noticias del día.
Y, en medio del alborozo colectivo,sólo yo me sentía algo decepcionada. Mi madre sonreía, conmigo en brazos. Exclamaciones y besos entre los pasajeros. Cansancio mezclado con alegría.
Mis ojos se iban cerrando mientras un taxi nos conducía a un hotel local. El Dramamine, por fin, hizo efecto.
Patricia Rincon
Enviado desde mi BlackBerry de Movistar
De mi infancia de zurrapa en Maracaibo acaricio con afecto gente,
animales y rincones. Pero también guardo un cariño especial por uno
de los grandes aciertos de mi papá: una pastilla milagrosa llamada
Dramamine.
Y es que, con mis 5 años, mi metro y un poquito de estatura, no podía
pasear media hora en un carro sin que el mundo me diera vueltas. Pero
la peor parte la vivía en los aviones, donde- juraría- había entonces
un aire enrarecido, que golpeaba mi nariz apenas entraba a la cabina
de pasajeros. Y entonces todo comenzaba a "bailar" frente a mi... que
veía con aprehensión esa bolsita odiosa que nadie quiere verse
obligado a usar. El malestar sólo terminaba al aterrizar, con mi
madre sacando una camisita y luchando para descubrir mi pecho,
mientras yo, en el colmo del pudor, me tapaba con ambas manos,
horrorizada al pensar que algún
extraño me vería semidesnuda. Fue entonces cuando llegó el Dramamine a
mi vida.. !y todo cambió!
A partir de ahí mi papá, al llegar al aeropuerto y calculando la salida
del vuelo, me daba un vasito con agua y !ZAS! la blanca pildorita
rodaba por mi garganta y un dulce adormecimiento me permitía abordar
la nave casi levitando.
Sólo cuando el avión se retrasaba, lamentaba yo ser una zombie
voluntaria, ya que terminaba tirada sobre las maletas y mamá se negaba
a darme más Dramamine. Eran momentos terribles, donde recuperaba la
conciencia justo cuando sentía que me "empacaban al vacío" y quedaba
indefensa en la temida cabina aérea.
Sin embargo, un acontecimiento inolvidable demostró que mi pastillita
podía salvarme de algo más que del mareo. Fue durante mi único viaje a
México, destino para el que salimos puntualmente, mientras mi Nirvana
personal estaba funcionando a la perfección. Más que dormida, iba muy
relajada cuando comencé a notar cambios en mis compañeros de vuelo. Mi
madre miraba fijamente a traves de la ventanilla izquierda, mientras
sostenía un rosario que parecía petrificado en sus manos. Los hombres de
la familia estaban enmudecidos, con la expresión de seriedad que mi
papá siempre exigía para las peores circunstancias.
Pero yo, aún frotándome lo ojos, observaba con curiosidad a las
aeromozas. Aquí les cuento que ellas eran mi ejemplo a seguir. Adoraba
el glamour de sus uniformes y ya le había anunciado a mi mamá que
"cuando sea grande...". Ella, con la severidad de quien todo lo sabe,
me cortó en seco el deseo: "Esas mujeres no duermen en su casa". Así
se pretendió -infructuosamente- hacerme desistir de mi lista de
"quiero ser",donde ya había apuntado "busca-dinosaurios" y "Chica del
Show de Renny". No me importó esa temprana censura materna. Igual
seguiría cavando al lado de las rosas- imaginando fósiles- y soñando con las capas y
sombreros de las señoritas de Viasa.
Pero las azafatas del vuelo a México no lucían nada glamorosas,
caminando nerviosas por los pasillos, tratando de calmar a pasajeros
que se levantaban inquietos de sus asientos. Fue en ese instante que
mi hermana, seis años mayor que yo, me susurro al oído: "el avión se
echó a perder".
Ese "se echó a perder" no me produjo ningún temor. Fuera por la
combinación de mis cinco años con el Dramamine, sólo pensé que habría
que mandarlo arreglar.. Igual que un televisor o la plancha. Y no sólo
me mantuve lejana al pánico general, sino que cierto contento se
apoderó de mí. Cuando los aviones "se echan a perder", salen en los
periódicos y noticieros. Y de pronto me vi famosa, rodeada de cámaras
y periodistas. Mi hermana me miró y dijo: "!estás loca!"
Pero ella era una criatura extraña, a la que le gustaban más los juegos de mesa que las muñecas, así que difícilmente comprendería mi secreta ilusión por esos minutos de atención mediática que esperaba recibir.
A pesar de ser tan joven, era quizá la única que expresaba su total confianza en un final feliz, donde cientos de flashes se dispararían para recoger nuestra odisea aeronáutica.
Claro que nadie, aparte de "la rara" de mi hermana, se dio cuenta.
Mas allá, en las filas de atrás, unas señoras lloraban, mientras mi mama se persignaba. Fue entonces cuando nos enteramos de que "iban a vaciar el tanque" y que intentaríamos llegar a un sitio llamado Panamá. De pronto todo quedo en silencio.
Finalmente aterrizamos sin nada peor que el susto. Se abrieron las puertas de emergencia y nos deslizamos por unos toboganes plásticos que se me antojaron inmensos. Era de madrugada y la pista estaba llena de una espuma blanca, salpicada de bomberos con sus camiones. Ni una cámara registro el instante histórico de nuestra hazaña. Nadie lo reseñó para las noticias del día.
Y, en medio del alborozo colectivo,sólo yo me sentía algo decepcionada. Mi madre sonreía, conmigo en brazos. Exclamaciones y besos entre los pasajeros. Cansancio mezclado con alegría.
Mis ojos se iban cerrando mientras un taxi nos conducía a un hotel local. El Dramamine, por fin, hizo efecto.
Patricia Rincon
Enviado desde mi BlackBerry de Movistar
jueves, 24 de enero de 2013
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