lunes, 11 de marzo de 2013

EL DRAMAMINE

De mi infancia de zurrapa en Maracaibo acaricio con afecto gente,
animales y rincones. Pero también guardo un cariño especial por uno
de los grandes aciertos de mi papá: una pastilla milagrosa llamada
Dramamine.
Y es que, con mis 5 años, mi metro y un poquito de estatura, no podía
pasear media hora en un carro sin que el mundo me diera vueltas. Pero
la peor parte la vivía en los aviones, donde- juraría- había entonces
un aire enrarecido, que golpeaba mi nariz apenas entraba a la cabina
de pasajeros. Y entonces todo comenzaba a "bailar" frente a mi... que
veía con aprehensión esa bolsita odiosa que nadie quiere verse
obligado a usar. El malestar sólo terminaba al aterrizar, con mi
madre sacando una camisita y luchando para descubrir mi pecho,
mientras yo, en el colmo del pudor, me tapaba con ambas manos,
horrorizada al pensar que algún
extraño me vería semidesnuda. Fue entonces cuando llegó el Dramamine a
mi vida.. !y todo cambió!
A partir de ahí mi papá, al llegar al aeropuerto y calculando la salida
del vuelo, me daba un vasito con agua y !ZAS! la blanca pildorita
rodaba por mi garganta y un dulce adormecimiento me permitía abordar
la nave casi levitando.
Sólo cuando el avión se retrasaba, lamentaba yo ser una zombie
voluntaria, ya que terminaba tirada sobre las maletas y mamá se negaba
a darme más Dramamine. Eran momentos terribles, donde recuperaba la
conciencia justo cuando sentía que me "empacaban al vacío" y quedaba
indefensa en la temida cabina aérea.
Sin embargo, un acontecimiento inolvidable demostró que mi pastillita
podía salvarme de algo más que del mareo. Fue durante mi único viaje a
México, destino para el que salimos puntualmente, mientras mi Nirvana
personal estaba funcionando a la perfección. Más que dormida, iba muy
relajada cuando comencé a notar cambios en mis compañeros de vuelo. Mi
madre miraba fijamente a traves de la ventanilla izquierda, mientras
sostenía un rosario que parecía petrificado en sus manos. Los hombres de
la familia estaban enmudecidos, con la expresión de seriedad que mi
papá siempre exigía para las peores circunstancias.
Pero yo, aún frotándome lo ojos, observaba con curiosidad a las
aeromozas. Aquí les cuento que ellas eran mi ejemplo a seguir. Adoraba
el glamour de sus uniformes y ya le había anunciado a mi mamá que
"cuando sea grande...". Ella, con la severidad de quien todo lo sabe,
me cortó en seco el deseo: "Esas mujeres no duermen en su casa". Así
se pretendió -infructuosamente- hacerme desistir de mi lista de
"quiero ser",donde ya había apuntado "busca-dinosaurios" y "Chica del
Show de Renny". No me importó esa temprana censura materna. Igual
seguiría cavando al lado de las rosas- imaginando fósiles- y soñando con las capas y
sombreros de las señoritas de Viasa.
Pero las azafatas del vuelo a México no lucían nada glamorosas,
caminando nerviosas por los pasillos, tratando de calmar a pasajeros
que se levantaban inquietos de sus asientos. Fue en ese instante que
mi hermana, seis años mayor que yo, me susurro al oído: "el avión se
echó a perder".
Ese "se echó a perder" no me produjo ningún temor. Fuera por la
combinación de mis cinco años con el Dramamine, sólo pensé que habría
que mandarlo arreglar.. Igual que un televisor o la plancha. Y no sólo
me mantuve lejana al pánico general, sino que cierto contento se
apoderó de mí. Cuando los aviones "se echan a perder", salen en los
periódicos y noticieros. Y de pronto me vi famosa, rodeada de cámaras
y periodistas. Mi hermana me miró y dijo: "!estás loca!"
Pero ella era una criatura extraña, a la que le gustaban más los juegos de mesa que las muñecas, así que difícilmente comprendería mi secreta ilusión por esos minutos de atención mediática que esperaba recibir.
A pesar de ser tan joven, era quizá la única que expresaba su total confianza en un final feliz, donde cientos de flashes se dispararían para recoger nuestra odisea aeronáutica.
Claro que nadie, aparte de "la rara" de mi hermana, se dio cuenta.
Mas allá, en las filas de atrás, unas señoras lloraban, mientras mi mama se persignaba. Fue entonces cuando nos enteramos de que "iban a vaciar el tanque" y que intentaríamos llegar a un sitio llamado Panamá. De pronto todo quedo en silencio.
Finalmente aterrizamos sin nada peor que el susto. Se abrieron las puertas de emergencia y nos deslizamos por unos toboganes plásticos que se me antojaron inmensos. Era de madrugada y la pista estaba llena de una espuma blanca, salpicada de bomberos con sus camiones. Ni una cámara registro el instante histórico de nuestra hazaña. Nadie lo reseñó para las noticias del día.
Y, en medio del alborozo colectivo,sólo yo me sentía algo decepcionada. Mi madre sonreía, conmigo en brazos. Exclamaciones y besos entre los pasajeros. Cansancio mezclado con alegría.
Mis ojos se iban cerrando mientras un taxi nos conducía a un hotel local. El Dramamine, por fin, hizo efecto.
Patricia Rincon
Enviado desde mi BlackBerry de Movistar

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