jueves, 1 de agosto de 2013
LA TURISTA
Un rayo de dolor me obligó a soltar al DOCTOR NO justo cuando la
catira caía en la trampa. La historieta salió disparada contra la
pared mientras yo enfrentaba a un "villano" de la vida real. Mi
hermano aún reía a carcajadas cuando el pote de talco
le pegó en la frente. Y es que, a pesar de ser la "zurrapa" de la
familia, yo jamás
rehuía enfrentar a quien viniera a buscarme pelea. Pero -a mis siete
años y pico- no era suicida, así que evalué mis posibilidades de
escapatoria... Y !ZAS! corrí por el pasillo convertida en un largo grito:
!!MAMAAAAAÄ!!
En el camino crucé velozmente a mi padre. Acostumbrado a los
desordenes de su extensa prole, me respondió sin levantar la cabeza:
"tu mamá está en la tienda de pieles". Entonces entré al ascensor y
marqué planta baja, decidida a encontrarla. Todos me saludaban
cariñosamente mientras yo me dirigía a la salida como una ráfaga. Ya
en la calle, miré hacia ambos lados de la acera, pero sin tener claro
donde ir. Y recordé... !Estábamos en otro país!
El viaje había comenzado tres días antes, cuando mis juegos bajo la
mata de mango fueron interrumpidos y creció la vorágine en la sala,
llena de maletas y exclamaciones. Entonces vino el baño, el cambio de
ropa y el aeropuerto. Inolvidable la emoción de mi madre, que parecía
más joven a fuerza de mostrar esa dentadura perfecta, que era su
máximo orgullo. Y llegó el avión y el dramamine.. y yo soñolienta;
frotándome los ojos en un sitio extraño y mamá poniéndome un sueter y
repitiendo "!Estamos en Lima!
Ya en el Savoy, nos dieron la suite más grande, en el último piso.
Éramos sólo nueve hermanos, pues los mayores no pudieron venir con
nosotros. Pero incluso esa enorme habitación lucía insuficiente para
las camas y los muchachos revoltosos, que saltaban sobre ellas.
Temiendo que me cayeran encima, yo me arrinconaba con las comiquitas
que habían comprado los varones. Fue así como descubrí al DOCTOR NO,
cuyo atractivo era que siempre ganaban los malos. Mirando los globitos
y dibujos, practicaba mi lectura "de corrido"... !hasta que ese
templón de pelo acabó con mi paz!
Entonces la idea de quedarme con mi padre y los grandes se me hizo tan
insoportable que sólo pensé en buscar a mi mamá. Aquella frase"está en una
tienda de pieles" me pareció tan fácil como visitar a la vecinita del
frente de casa, en Maracaibo. Así de simple. En la víspera yo la
había acompañado a un local, muy cerca del hotel, atestado de
impresionantes alfombras de llama y alpaca Supuse que bastaría con
unos pocos pasos y la alcanzaría. Lejos estaba de imaginar como se
multiplican esas tiendas en las aceras limeñas.
Una vez en la calle, entré en los negocios más próximos. Nadie me
prestaba atención, ocupados en atender a los gringos, que llegaban en
racimos. Y así fui de uno en otro, esperando oír el inconfundible
acento de mi madre. Serían las cuatro de la tarde cuando inicié mi
búsqueda.
Iba distraída contemplando vidrieras. Sentía confianza en mí misma,
pues en Maracaibo me permitían caminar las pocas cuadras que nos
separaban de la panadería. Así que mi paseo me pareció de lo más
entretenido, aunque el intenso tráfico me intimidaba un poco. De
cuando en cuando volteaba la cabeza, pensando que sólo había caminado
algunos metros.
Pero cuando empezó a oscurecer en la Lima colonial, también se hizo
sombra en mi interior. De pronto no me sentía tan segura de saber
donde estaba parada y menos aún de poder encontrar a mamá. Así que
decidí regresar, suponiendo que bastaría con "desandar" mi recorrido. Estaba
muy equivocada.
A medida que retrocedía, creyendo que no me había alejado mucho,
descubría con horror que todo se veía igual de uniforme y sombrío, como
si hubiese recorrido el mismo pavimento mil veces. De arriba para
abajo y de abajo para arriba. Y donde quiera que mi vista se clavara,
había tapices tejidos y pieles, que parecían reírse de mi
desconcierto.
De pronto quedé petrificada y fría. No me atrevía a dar un paso más,
en ninguna dirección. Por fin comprendí que estaba sola, en medio de
una ciudad anochecida... !Una ciudad que no era la mía! Fue entonces
cuando comencé a mirar a la gente.
Solo veía espectros, pues este sector -de calles empedradas y faroles
coloniales- era un viaje al siglo XIX. Para colmo había empezado a
"pringar" y era la lluviecita que no moja pero empapa. Me sentía tan
menuda y frágil en medio de esas siluetas que pasaban apuradas, casi
golpeando y cuyas caras no lograba distinguir.
Del temor había pasado al pánico, pues en mi desatada imaginación este
era el escenario ideal para encontrar a la horripilante Llorona o al
desalmado DOCTOR NO. Mi corazón completamente desbocado, recordando
los finales espantosos que aguardan a los niños desobedientes.
Convencida de que nada podría lograr si no pedía ayuda, me quedé
parada intentando escudriñar rostros en aquellos seres anónimos.
Trataba de adivinar un gesto amable que me hiciera sentir a salvo.
Para una criatura de sol como yo, el frío y la lluvía hacían mas
dramático el momento. Vi pasar a las parejas, apretujadas y
cuchicheando. Cabizbajo y esquivo el caminar de hombres solitarios.
Sin embargo, a pesar de mi decisión, no lograba articular una sola
palabra. Algo me impedía dirigirme a quienes circulaban a mi
alrededor. Yo, que era una "lorita" que hablaba en todos
lados...!estaba muda! Fue en ese instante que un pensamiento luminoso,
casi una orden, casi una inspiracion, me llegó: "espera a una
viejita".
Y !ZAS!.. Creáse o no -como por arte de magia- en medio de esa
multitud que me lucía hostil, apareció ELLA! Sé que jurar es malo...
Pero juro que mis atribulados ojos vieron acercarse a esa dulce
abuelita, caminando apoyada en su bastón.
Respiré aliviada. Sabía que ahora si tendría voz para hablar con
alguien. Con aparente calma me dirigí a la doñita:
-Buenas noches, señora. Soy una turista y quisiera llegar al Hotel Savoy...
-Bebeeee! !Te perdisteeeee!!
Me miraba con genuino asombro. Eso disparó todo mi miedo reprimido..
Yo reaccioné aterrada, negando lo que era obvio:
-!Nooo, noooo, nooo señoraaa! No estoy perdida. Solo dígame donde
queda el hotel....
Mi voz era temblorosa, casi un ruego.
-Bebeee, estas perdidaaaa.. !Como pudiste alejarte taaaantoooo! Eres
muy chiquitaaa!!
Puso su mano sobre mi hombro, y me miró muy preocupada..
Inmediatamente me derrumbé. Y empecé a balbucear;
-!Mi mamaaaa... Mi mamaaaa!
Finalmente gruesos lagrimones rodaron libremente, mientras ella me
apretaba contra su abrigo.
-No te angusties, bebe. Te voy a llevar de regreso a tu hotel, con tu
familia. Solo acompañame a entregar este paquete en la Iglesia. Ven,
dame tu mano.
Confiada y cansada, me entregue por completo a mi salvadora, pensando
que Dios me había enviado un angel envuelto en una ancianita.
Durante el trayecto conversamos mucho, pues ella quería saber sobre
Venezuela y mi madre. Y yo sin callar ni un minuto, ya que había
recuperado mi locuacidad habitual.
Pronto llegamos a una inmensa plaza, llena de luz y donde se
destacaba, gigantesca, una construcción que se me antojo antiquísima.
"Esa es la Catedral de Santa Rosa de Lima. Vamos a dejar esto'. Y me
enseñó una bolsita.
Fuimos a una entrada lateral y mi protectora saludó con entusiasmo a
los presentes, a quienes les contó sobre "las aventuras de esta
venezolanita" en Perú.
Y yo feliz de ser la protagonista de la anécdota, que interesaba a
esta gente tan cariñosa. Ya hasta se me había olvidado el susto
anterior. Al poco rato nos despedimos de las monjitas, sacerdotes y
sus amigos "debo llevarla al Savoy !Sus padres deben estar
enloquecidos!"
Y en efecto, a unos metros del hotel, pudimos ver como el portero
corrió apenas me reconoció. Enseguida vi a papá, agotado y pálido,
saliendo a nuestro encuentro. Su mirada saltaba de la señora, a quien
dudo que haya escuchado, pero a quien sonreía y agradecía
efusivamente, para enterrarse en mi, atravesándome con una severidad
que no recordaba haber visto antes... Ni después. Si Rafaela hubiese
estado allí, habría dicho que "tenía los ojos puyuos".
Las cuatro horas que duró mi desaparición habían provocado no solo
angustia familiar, sino un gran revuelo entre el personal del Savoy,
que me había buscado en cada rincón del lugar y sitios aledaños.
Al caer la noche, se disponían a llamar la policía. Sólo que, a Dios
gracias, esa hermosa señora apareció milagrosamente conmigo, sana y
salva. Todo esto me lo contaba mi padre mientras yo sentía su mano
apretando mi brazo como una garra. Me llevaba tan sujeta que casi no
me podía mover y hasta marcas me quedaron.
Lentamente él fue recuperando su semblante natural, aflojando la
presión de sus dedos sobre mí. Salimos a la calle, con rumbo
desconocido, pero bruscamente se detuvo. Suavemente comenzó a decirme:
"promete que no le vas a decir lo que pasó. No hace falta que se
entere..."
Finalmente entramos a un local, a solo cinco cuadras del hotel.. Pero
en sentido contrario al camino que yo había seguido esa tarde. Allí
estaba mi madre, comprando los regalos que llevaríamos a Maracaibo.
Nos vió entrar y sonrió muy contenta, mientras ella y yo nos mirabamos
largamente, sin decir ni una palabra.
Patricia Rincón
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Maravillosa historia!
ResponderEliminarMuy creativa, siempre Bella.
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